El secreto de una vida fructífera La oración
Estamos ante algo maravilloso cuando el espíritu de oración se apodera del corazón de una persona. Recuerdo un hecho que me llamó la atención hace muchos años, cuando no conocía aún la vida de oración. Una señora envió a la muchacha que le ayudaba en la casa a comprar frutas de estación. En el momento de pedirle el encargo, mi amiga interrumpió momentáneamente su trabajo, juntó las manos y encomendó a la muchacha y las cestas a la bendición del Señor. Fue una pequeña trivialidad, pero un gran testimonio para mí. Aquella mujer sabía lo que era la vida de oración y no podía hacer nada sin orar. Sí, cada cosa estaba sellada por la oración y, en medio de los afanes cotidianos con que las cosas quieren dominarnos, ella tenía que detenerse, porque la fuerza torrencial de la oración era tan fuerte en ella que en todo trabajo o reposo se manifestaba y todo lo embargaba. Entonces esta pequeña vivencia me hizo reflexionar.
Por aquel entonces, es verdad que yo conocía las diarias oraciones de la mañana, en las que se ofrece todo al Señor pero, sin embargo, a lo largo del día abordaba mis ocupaciones sin recurrir a la oración silenciosa. Estaba frecuentemente tan absorbida en el trabajo, que iba resolviendo sucesivamente las cosas sin reflexionar o, dicho con más verdad, sin comunicarme con Dios en silencio. Y aquel pequeño acontecimiento, con toda su sencillez, me fue una gran advertencia de que nuestra vida puede transformarse en vida de oración con solo vivirla ante Dios. Esto es, si nosotros, a lo largo del día, nos ponemos en silencio ante Él y le presentamos nuestros pensamientos, propósitos, ideas, planes y quehaceres, si los ponemos bajo su guía y bendición.
Lo dice el apóstol Pablo: "Todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios por medio de él" (Colosenses 3:17). Sí, "orad sin cesar", dice en otro lugar. ¡Qué privilegio es el poder hacerlo todo en oración, escuchando siempre los mandatos de arriba y procurando seguirlos! Si ponemos todo lo que hablamos y hacemos bajo la bendición de Dios, todo recibirá un resplandor eterno de bendiciones y dará sus frutos. Pero ¡qué poco usamos de este privilegio! ¿Nos hemos de asombrar si nuestras palabras, trabajos, acciones y múltiples intentos dan tan poco buen resultado? Solamente una vida de oración es una vida fructífera, ya que nuestras obras nos siguen en el otro mundo. Y es que una vida de oración está unida íntimamente con Jesús, que nos dice: "El que permanece en mí, este lleva mucho fruto" (Juan 15:5).
No es bastante que por la mañana ofrezcamos a Dios nuestro día con la oración y que luego, a lo largo de la jornada, desentendidos de Él, nos enfrasquemos en nuestros planes, trabajos y pensamientos. No, la oración es la respiración del alma, y respirar tiene que hacerse constantemente, pues si no, no se puede vivir. Llevar una vida de oración es poder decir: mi alma trata con Dios en todo lo que el día me trae y me traerá. Orar es un diálogo del alma con Dios. Una vida de oración es un constante diálogo del alma con Dios. El alma que ora es un alma que está en Dios y no depende de los hombres ni de las cosas, sino solo de Dios, y que con Él y desde Él se acerca a los hombres y a las cosas y las pone bajo su bendición y en su presencia.
La persona que ora es una persona bendita y que trae bendición, ya que todo aquello con lo que entra en contacto lo pone en la presencia de Dios, bajo su luz y en sus manos que bendicen. ¡Sí, es bendita la persona que todo lo pone bajo una atmósfera celestial y deja que todo sea marcado por ella! Una persona que vive constantemente en la santa actitud de orar, está unida a Dios y, por ello, es una persona pacífica, y alegre. Ciertamente, hay personas que saben lo que es la batalla de la oración y, sin embargo, no llevan una vida de oración. Conozco algunas que, después de haber orado intensamente, parecen descansar y en su habla y en su hacer no mantienen la actitud de la oración. Y es que no son consecuentes con lo que dice la Escritura: "Todo lo que hagáis en palabras y obras, hacedlo en el nombre del Señor Jesús".
Estando Dios siempre presente y siendo siempre el mismo, podemos, si nuestra actitud es consecuente, permanecer siempre en total dependencia de Él, oír sus mandatos y orientaciones. Podemos estar pendientes siempre de sus bendiciones y así permanecer en la paz y la alegría. Dios no tiene interés en que nos empeñemos solamente unas horas en las luchas de la oración –aunque esto es muy importante– sino que lo que quiere es que toda nuestra vida sea una vida de oración, como la de Enoc, del que se dice: "Caminó Enoc con Dios". Y esto le complacía al Señor y por eso fue llevado por Él. ¿Podríamos imaginarnos a personas que se quieren y que no mantienen conversación entre ellas? Si nosotros amamos a Jesús, hablaremos con Él de todos nuestros asuntos, se lo presentaremos todo en oración y lo someteremos todo a su bendición.
Cuando un buen hijo va a la escuela o a otro sitio, se despide rápidamente de su madre y recibe con agrado una cariñosa palabra de ella que lo acompaña en su camino, porque el niño ama y respeta a su madre. Así hacen también las almas que aman a Jesús. Si lo amamos y lo reverenciamos de veras, se demostrará en que, al igual que el hijo que vuelve siempre a la madre, nosotros correremos hacia Él y le pediremos su bendición para toda nueva empresa o proyecto que emprendamos en nuestro camino. ¡Qué enorme privilegio es este, gracias al cual nuestra pecadora, pobre y corta vida puede transcurrir en comunión con Dios! ¡Qué beneficio el poder conseguir la bendición del Todopoderoso por medio de la oración! ¿Para qué nos ha sido dada la vida? Para que sea una vida de oración. ¡Vida santa de comunión, que todo lo comparte con Él, el "más bello de los hijos de los hombres", Jesús, vivió en la comunidad a través de la oración, de petición, alabanza, intercesión! El alma canta jubilosa: "Hagamos todo con Él, descansemos en Él, vivamos en Él, muramos en Él. ¡Que sea ahora –y en todo momento de nuestra vida– el nuestro más íntimo compañero y nuestro Señor!"
Tomado del libro: El poder de la oración de M. Basilea Schlink
Saludso y espero sea de bendicion para sus vidas
Monday, March 10, 2008
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2 comments:
Equivoqué!!! Era Jazmin que me envió este post--gracias Jazzzzzz!!!
Qué inspiradora esta reflexión!!! Gracias, Yazmin. Que viva uno en una actitud de oración...me gusta la parte del niño despidiendo a su mamá en la mañana, que busquemos Su bendición también...
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